Baruch Spinoza (1632-1670)

viernes, 20 de enero de 2012

En busca del cuerpo perdido. Bitácora de un largo viaje II - Valeria G. Rizzo Rodriguez

Una afirmación, una acción, algo elevado, algo puro, lo mejor de cada uno y cada una, lo que hay que cultivar, lo que hay que preservar, de lo que nos jactamos, lo que nos ubica en la cúspide de todas las pirámides, tan cerca de los dioses y los ángeles. Un sí. El alma.
Una negación, una pasividad, algo bajo, algo impuro, lo peor de cada uno y cada una, lo que hay que dominar, lo que hay que reprimir, de lo que nos avergonzamos, lo que nos acerca a la base miserable de cualquier pirámide, tan cerca de los demonios y las bestias. Un no. El cuerpo.
Mi pecado original (¿el de quién no?): que ésta, ésta que soy y dice yo, ésta que es mi alma, tenga un cuerpo. Lo peor: prisionera de mi carne. Bien me lo enseñaron desde pequeña: debo desprenderme, renegar de mi corporalidad, de esta piel y de estos huesos, que pesan como una roca viscosa, sucia y enfangada, que pesan toneladas. Unas toneladas que no me dejan ser lo más excelso de mí: un soplo, una luz, un viento, una inteligencia plena, ¿una diosa? ¿Un ángel, acaso?
¿O más bien nada?
Por todas partes, desde los más profundos arcanos del pensamiento, miles de almas claman por su libertad, luchan por sostener y expandir una conquista locuaz. Miles de almas: desde Platón hasta mi abuela, pasando por el cura del colegio en el que estudié, por mi amigo el arquitecto, que el otro día, tomando unas cervezas, me miró desencajado cuando le dije lo que estoy a punto de decir, y me contestó, con el sentido común visiblemente turbado: “Pero, para mí, bueno, está claro, o siempre pensé, que el cuerpo es un instrumento del alma.” Y yo, al escucharlo, casi caigo y muero. Por un momento creí que Descartes había resucitado. Imposible, pero bastante cercano a la verdad. Casi hasta me tienta decir que al final está híper comprobado lo que él tanto buscaba, o al menos en parte así es. Digo, evidentemente (clara y distintamente) ¡SU alma sí que es inmortal!
Y una vez más, emprendo un viaje, porque yo me siento cuerpo, yo soy cuerpo también, yo cuerpo, cuerpo que no quiere negarse, cuerpo innegable, cuerpo presente. Cuerpo.
Y una vez más, en medio del arduo viaje, me encuentro con alguien, alguien que, a esta altura, ya me es tan familiar, pero que nunca deja de sorprenderme, y cosa rara, siempre gratamente. Alguien que también, pero una época donde quizás era aún más impensable, se afirma cuerpo tanto como alma. Spinoza. Spinoza una vez más, en la trama de este largo viaje.
El alma y el cuerpo son una sola y misma cosa. Terminar con las dicotomías. Con un mundo o ámbito ideal, que nada tiene que ver con y que en mucho supera al mundo o ámbito corporal; un alma que comanda un cuerpo, absolutamente obediente, pasivo. El alma como la acción, el cuerpo como la reacción. Basta. Ni siquiera están unidos, SON lo mismo.
Ya no más el cuerpo como fuente de todos los males de los hombres, como lo puramente pasional, en el peor sentido, como lo que hay que esconder, como lo que hay que reprimir e ignorar. Nadie sabe lo que un cuerpo puede…porque a nadie le interesó jamás saberlo.
Como un mismo texto, pero factible de ser leído en dos registros paralelos. El alma, como la idea del cuerpo existente en acto, no niega dicho cuerpo, más bien lo afirma.
Entonces me alboroto, me enciendo, me muevo. El trayecto se va volviendo más claro, sinuoso, pero disfrutable. Spinoza se me aparece como una nueva propuesta, como un camino adecuado; lo siento en mis pies y en mis manos, como cuando después de la lluvia, salís al campo y hundís esos mismos pies y esas mismas manos en el barro fresco, sucio y renovado. Es esto lo que buscaba, la frescura del filósofo maldito y su envidiable soltura para romper con todas las/sus tradiciones, cada vez que su convicción le dice que están equivocadas.
Pienso en y siento cómo se van actualizando en mí semejantes afirmaciones spinocistas. Ya no tengo que luchar por el imposible de negar este cuerpo, ya no tengo que cubrirlo con el manto del pudor, ya puedo empezar a no tener motivos para ser este cuerpo sede principal del mal y de la culpa. Ya no tengo porqué caer siempre en la misma paradoja: si es mi lastre, si es mi cárcel, por qué no puedo más que llevarlo siempre a cuestas, por qué muero (o desaparezco) si de él me deshago. Ya no tengo porqué sentirme condenada sin razón a cargar con un problema, que buscando que no me constituya, lo hace mucho más de lo que tantos quisieran. Simplemente, ya puedo empezar a vivir, siguiendo de cerca lo dicho por Spinoza en el Prefacio a la Tercera Parte de la Ética, sin el sello de “intrínsecamente viciada” estampado en el frente de mi naturaleza humana.
He aquí el punto álgido de mi viaje, el nudo vital de mi camino. Recuperar mi cuerpo perdido entre tanta tradición dualista, entre tanto lenguaje dualista, entre tanto sentido común dicotomizado y dicotomizante, entre tanta vida cotidiana escindida. Recuperar(me) cuerpo, sabiendo cuán difícil es correrse de esta concepción que nos fractura desde hace tanto ya.
Y justamente, con el recuerdo de esa fractura, aún abierta y difícilmente superada, irrumpe, en medio de la placidez de este viaje, la tormenta. Como un rayo, me atraviesa una paradoja y voy perdiendo la fe en el buen curso que esto parecía ir tomando ¿Cómo empezar a salir de esta paradoja? Cómo le sigo la huella a uno de los pocos filósofos modernos, sino el único (aunque también uno de los más olvidados), que se animó a decirnos que el cuerpo también puede, que nos constituye tanto como nuestra alma. Que a mí, en particular, me dice, me grita, cada vez que lo leo: “¡¿A ver, piba, a ver si te animás a indagar qué es lo que puede tu cuerpo?!”
Y la respuesta, tan simple, es la que, por costumbre (mala costumbre, diría yo) se me escapa. Y me enrosco, y pienso que no hay respuesta, y entonces creo que nada puede este cuerpo. Lo siento ajeno, inaccesible, casi hostil. Inabordable, porque lo pienso y justamente ese es el problema, sólo lo pienso, sólo puedo pensarlo. Y culpo al lenguaje, a la Gramática, a la “ideología del alma”. No encuentro salida, o entrada a este cuerpo. Y siento vértigo, porque me veo al filo de creer que todo está en mi mente, que el cuerpo verdaderamente es un problema, en el mal sentido, que nada puede, que mejor ser monja antes que esclava.
Pero, repentinamente, cuando estoy a punto de abandonar la caminata, cuando estoy a punto de cerrar el libro, la bitácora y callar, porque estoy casi convencida de que nada hay para decir. En ese momento, sentada en los escalones de una de esas escaleras por las que una sube y baja mil veces, como si nada, como si lo importante fuera el fin, la meta, la llegada, como si sentarse en esa misma escalera a conversar fuese perder el tiempo, una mujer, que suele defenderse de mis acusaciones de sabia, me invita a sentarme y me dice lo que en el fondo sabía, pero olvidaba: “En el fondo, Spinoza sabe lo que puede un cuerpo, la respuesta es simple, puede lo mismo que puede el alma” ¡Y claro! ¡Claro! Si son lo mismo.
Y en ese mismo instante siento como, en mí, la dicotomía se destraba, se desarma.
Sin embargo, aunque parezca que acá termina, este viaje no tiene un fin. Es largo y es un viaje, nada más. Un viaje que intenta seguir las leyes de su propia naturaleza.
Yo (y este es un yo nuevo, un yocuerpoalama) soy este viaje, tratando de autodeterminarme, de ser libre, esforzándome cuanto está a mí alcance en conservar, como dice Spinoza, mi ser, mi utilidad. Y porque esto es lo que hago, o al menos intento hacer, es que busco deshacerme de esta idea de la dicotomía, tan inadecuada y tan arraigada, que me lleva, no sólo a mí, sino a todos nosotros, a ser tan causas inadecuadas de lo que sucede, ya sea dentro o fuera de nosotros. Esta idea tan inadecuada que atenta contra nuestra naturaleza, que la repugna y que nos aleja de la verdadera felicidad, que nos somete a un castigo eterno, perdonable solo por una divinidad inalcanzable, que siempre está más allá. Que nos impide formar una verdadera comunidad, donde mujeres y hombres, cada una y cada uno con sus almas y sus cuerpos no siendo más que una sola y la misma cosa, concuerden en su deseo y formen un solo individuo, cuya alma y cuyo cuerpo no sean más que una sola y la misma cosa.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El modo inconcluso del ser individuo - Pablo Alejandro Maxit

Desde el momento en que nuestro grupo encontró un rumbo con sentido marcado, nos orientamos hacia una búsqueda de comprensión del individuo tal como Spinoza lo presenta en la Ética, en cuanto a los aspectos ontológico, gnoseológico, como ético y político.
Hicimos el humilde intento de “atrapar” al individuo no obstante saber que en Spinoza lleva la carga ontológica de ser inadecuado. Porque al existe en acto, el modo individual necesariamente está constituido por ideas inadecuadas, recortes de la imaginación como la primera forma de conocimiento.
Y nos ha resultado luego de aproximadamente dos años, que ese <ser individuo> se ha “escapado” incansablemente de los confines de nuestro entendimiento. Ha resultado tan complicado de determinar incluso en su “ser finito” que se ha hecho por momentos pequeño e imperceptible, como los “cuerpos simples” que sólo se distinguen por su grado de movimiento. Luego también,  por momentos, aparentemente inabarcable como aquella idea de un individuo total. Donde: “toda la naturaleza es un solo individuo, cuyas partes... varían de infinitas maneras sin cambio alguno en el individuo total”(E2, lema 7).
 En relación con estas ideas propias de la imaginación, parecería que definir al individuo- a pesar de su finitud-, implica inevitablemente un dejarlo sin definir. - O al menos, hacer de su estructura algo tan permeable que diese el aspecto de lo inconcluso. 

Para plantear este inconveniente decidí posicionarme sobre la problemática de la interpretación. Presentar un sentido perspectivita acerca del método mediante el cual son estructuradas las ideas de Spinoza en relación con este concepto tan vertiginoso.
He propuesto el siguiente ensayo sin pretender un trabajo con rótulo acabado, pues incluso mi objetivo es que continúe siendo problemático. Y ya que en los des-encuentros anteriores he podido comprender mínimamente  la forma inconclusa del ser individuo en el sistema de Spinoza, veo razonable utilizar esta característica evasiva como un paradójico acercamiento a la comprensión más abarcadora del concepto en cuestión.

1-
En efecto, según la definición que Spinoza ensaya de la noción de individuo, “ser compelido” es el estado natural de todos estos modos.[1] El individuo viene a estar determinado por una exterioridad y así mismo se establece una cierta relación condicional.
Desde allí encuentro razonable establecer sus límites, principalmente de un modo negativo; desde su entorno como constitutivo y mantenedor de esa individualidad. Porque  si se lo define como  “compelido por todo lo demás”, y se ensayara dicha estructura manteniendo siempre esta relación  condicional, parecería que el ser individuo, siempre evasivo, no podría nunca cristalizarse en una definición completa por si sola. Lo condicionado de su estructura demuestra de algún modo lo indeterminado de si mismo.                             La posibilidad del individuo aislado (ese que nosotros hemos intentado “atrapar”), se vería frustrada desde su misma concepción.
En clave espinocista: ser un individuo y al mismo tiempo aislado, implicaría una contradicción en los términos. Porque el carácter que destaca la ontología de este concepto es un estado de interrelación y apertura constante. Sería su peculiaridad de incompleto lo que, paradójicamente, permite ese constante intercambio; y con ello la condición de preservarse en su ser.
Debo decir aquí algo más. Porque a pesar de que es evidente la imposibilidad de un individuo aislado en el sistema de Spinoza, no resulta del mismo modo evidente que el ser individuo no pudiese cerrarse sobre si mismo, como con muros de piel semipermeable.
Pese a verse solapado, el modo cerrado de existencia no sólo se contradice con la inadecuación del individuo modal, sino que también se presenta imposible desde la propia dinámica del individuo como tal: compelido e inacabado.

Todo individuo se definiría como abierto. En caso contrario: a su cierre se diluye. Se pierde entre los dedos del entendimiento que pretenda separarlo y apresarlo… Lo definimos entonces como abierto: En constante intercambio con su entorno.
¿Pero qué significa definir algo como abierto? Se mantiene la terrible paradoja de lo inconcluso… Pues ¿dónde han de encontrarse sus límites?  

Ni todas las ideas ni todos los cuerpos podrían pertenecer en el mismo acto a un sólo individuo. Su estado perpetuo de separación, su “interminable finitud” persiste a todo intento de completud. He aquí la contingencia de todos ellos por separado. De aquellos que no pueden verse completos sino en el ámbito de todo su entorno, con el cuál están equilibrándose constantemente.
Pero este equilibrio permanece únicamente dinámico: -Cuando la unión absoluta y la separación perpetua se vuelven procesos siempre reversibles. Estado medio paradojal como lugar de apertura del individuo.

De alguna forma Spinoza creía posible imaginar esa unión absoluta: Presentando la posibilidad de un “individuo absoluto” lo idéntificó con la totalidad de la naturaleza. Pero su imagen venía de la imaginación como un conocimiento inadecuado. Tan inadecuado como “hacer de lo infinito lo finito”. Siempre y cuando se entienda que incluso el concepto de naturaleza resulta ser equivoco en Spinoza. Al referirse a ese individuo total, en ningún momento se hace referencia a un individuo sustancial. La naturaleza del  individuo para Spinoza no deja de ser modal.


2-
Para este segundo momento me he tomado la libertad de elegir elementos venidos a mi de la disciplina Termodinámica, obtenidos ya por previos estudios, ya por interés; y orientarlos hacia la ampliación de los que han sido esbozados básicamente en la breve Física Spinocista de la Ética:
Baruch comienza describiendo los cuerpo mediante sus relaciones de movimiento y reposo. Pero no queda expresamente definido lo que entiende, en definitiva, por movimiento y reposo. Dejando así algunas puertas abiertas a la oportunidad de introducción de otros tantos pensamientos. Parece ser que en el lugar donde no se pronuncian definiciones, se hace presente el espacio de apertura…
Esta supuesta brecha en su sistema no se trataría simplemente de un estado incompleto de la estructura en general. Por el contrario, en esa vaguedad habría en realidad lo que considero un “canal de apertura”; o lo que al menos en éste caso, utilizaré como “canal de apertura”.
Desde allí intentare introducir conceptos termodinámicos referidos específicamente a los sistemas y su relación con el entorno. Cosa muy valiosa, tratándose de un ensayo que pretende comprender ciertas características de los individuos y en particular de los “individuos humanos”.  
Así es como se abre esta nueva perspectiva de análisis: la posibilidad de considerar a los individuos como “ciertos” sistemas abiertos.
Pero lejos de referirme a los sistemas como esas estructuras deductivas de carácter formal, más bien las comprendo con un sentido equívoco de este concepto. Aunque sería posible reconocer estructuras internas con mayor relevancia que otras, bajo esta perspectiva poca importancia tiene aquello, en tanto se reconoce que los “vestigios” y marcas que cada una de estas estructuras imprime, tienen absoluta importancia por si mismas.

En primer lugar, la noción de equilibrio dinámico entre individuos, al igual que la noción relativa al “estado de apertura” de los mismos, los entiendo aquí en ese sentido: La interrelación que la Termodinámica pretende describir entre los sistemas naturales, permite superponer lo que Spinoza describe en relación a los individuos modales y lo que podríamos considerar un “equilibrio entre sistemas”.
En efecto, todo sistema abierto es definido como un “conjunto de elementos dinámicamente relacionados, formando una actividad para alcanzar un objetivo” (sistema); “siempre influido por el medio ambiente” (abierto). Alcanzando así un equilibrio dinámico entre el sistema y su entorno.

Este equilibrio no debe entenderse como un estado culminante donde los elementos permanezcan estáticos: Un sistema abierto interactúa constantemente con el ambiente en forma dual; lo influencia y es influenciado. La precipitación del individuo se produce en el mismo instante que su disolución.
Por el contrario, un sistema cerrado no interactúa. No tiene modo de hacerlo. Incluso se hace difícil pensar modal de algo como eso. Un sistema cerrado parece imposible en la naturaleza. Hasta el acero más duro ha de oxidarse algún dia…
(Los sistemas abiertos pueden crecer, cambiar, adaptarse y hasta reproducirse bajo ciertas condiciones ambientales; el cerrado no. Es propio de un sistema abierto compartir con otros sistemas, no así del sistema cerrado).
De modo que estos conceptos brindan cierta claridad esquemática en lo correspondiente a las relaciones que podrían establecerse entre los cuerpos; pero en este caso, específicamente entre los individuos en general. Pues sería imprudente reducir el fundamento de estas interacciones sólo al mecanicismo de una física donde apenas si se han esbozado las bases de un dinamismo mucho más complejo que el evidente entre los cuerpos.
El mismo Baruch advierte que al referirse sólo a los modos de un solo atributo, no es acaso más que para la evidente comprensión. Pero no obstante, todo lo que se puede referir a un cuerpo como modo extensional, puede decirse del mismo modo a la idea de ese cuerpo en el atributo del pensamiento.
Según creo, estos conceptos permiten una comprensión de dicha interrelación siempre dinámica, posible de extenderse mucho más allá de la mera materialidad; aunque en ella encuentre su comienzo. Un análisis estructural capaz de explicar también la dinámica de los afectos; fenómeno con alto grado de importancia en la determinación de los individuos en general (que no sólo se relacionan como modos extensionales a los que llamamos cuerpos, sino también dentro de una dinámica mucho más compleja, en la cual se expresan también como modos del atributo “pensamiento”. En un equilibrio total).
Esta reflexión me ha posibilitado “seguirle los pasos” a la noción de individuo aunque sólo sea desde fuera de él; sin poder identificarlo como un concepto finalmente determinado. Lo inconcluso de su modo de ser no podrá ser reducido, bajo ningún aspecto, a un concepto que lo identifique concretamente. Semejante deseo debería desvanecerse finalmente.



3-
Desde esta perspectiva se presenta inoportuno nuestro deseo de apresarlo <al individuo> como concepto.
Aunque fueron muchas las veces que decidí sumergir mi pensamiento dentro de la totalidad que el sistema del filósofo pretendía describir, aquella reflexión totalizadora de su sistema todavía se escapa de mis posibilidades. - ¿Será que ninguna de las interpretaciones podría llegar a ser totalizadora en su carácter de reflexión?

En ese sentido, todo acto reflexivo de nuestro conocimiento tendrá una impronta de inadecuado… un modo de ser incompleto.
Parecería que nuestra intención de punzar al individuo en una pizarra y estudiarlo con puntero, debería hacerse a un lado en su razón de imposible. Dar lugar, mediante la reflexión problemática, a un sentido de apertura que muestre claramente, aunque desde su carácter negativo, cómo se resolvería la dinámica de los elementos en cuestión.
    
Aquí parece surgir, desde las mismísimas entrañas de cualquier interpretación, lo que podría decirse <categoría del olvido>: “eso que nunca se dice y en todos los casos es imposible decir en concreto”-. Categoría que nunca se dará por ausente en todo acto reflexivo.
-¿Por qué se pretende entonces mediante la crítica, una actitud ampliamente abarcativa en toda reflexión?  
Es evidente que incluso en la Ética, Spinoza no ha podido evitar esa categoría reductiva del olvido; incluso ahí se omite decir ciertas cosas.
Esa inadecuación que muy bien describe Spinoza para las ideas de la imaginación, ese ser inconcluso donde las ideas inadecuadas son tan necesarias, se siguen unas de otras con tanta necesidad que ni el propio sistema de Spinoza puede evitarlas.
Desde aquí, y en carácter  de modelo ejemplificador, puede considerarse que la Ética espinociana, considerada en sí misma como un “individuo”, cuenta con un equilibrio dinámico propio. Podría decirse que ciertos grupos de sus proposiciones actúan a modo de estructuras que se relacionan mutuamente como los cuerpos lo harían en un organismo sistémico.
Pero la cuestión del ensayo que me propongo, no bastaría con apreciar y describir el equilibrio dinámico de la Ética y elogiar lo bello de su expresión. En el mejor de los casos, y de modo siempre problemático, la experiencia del ensayo se corresponderá, precisamente, con la acción de perturbar ese equilibrio: -Llegar desde afuera y envestir su estructura con la fuerza del Entorno.
Sólo semejante perturbación sería capaz de posibilitar una nueva interpretación a partir de un renovado equilibrio dinámico; ahora entre las ideas de la Ética y otro grupo de ideas con la capacidad mutua de interrelación dinámica.



[1] “Cuando ciertos cuerpos, de igual o distinta magnitud, son compelidos por los demás cuerpos de tal modo que se aplican unos contra otros, o bien –si es que se mueven con igual o distinto grado de velocidad- de modo tal que se comuniquen unos contra a otros sus movimientos según una cierta relación, diremos que esos cuerpos, o sea, un individuo que se distingue de los demás por medio de dicha unión de cuerpos"(E2, Definición luego del axioma II de la física)

lunes, 27 de diciembre de 2010

Haciendo Spinoza - Valeria G. Rizzo Rodriguez


Introducción

Viejas e insistentes inquietudes.

Desde la primera vez que leí la Ética, desde la primera página, hasta la última vez, hasta la última página, no pude dejar de sentir, como telón de fondo de todos los debates, de todas las lecturas, de todos los ataques y de todos los ensayos de defensa que emprendí, que siempre había algo que se me escapaba. No pude dejar de sentir que había algo así como una clave secreta que, al encontrarla, me daría pleno acceso al intrincado sistema spinoziano. Sin embargo, ¿acaso habría una clave? Y si la hubiera, ¿dónde buscarla?

Podrán acusarme de testaruda o de necia, pero poco me importa. Todo lo que sé es que tengo como compañera una genuina duda, que se está volviendo un verdadero estorbo entre Spinoza y yo. Por lo mismo, paralelo a todo otro trabajo, he decidido emprender la misión de su pronta aniquilación, con sumo cuidado y sumo placer. He decidido dejar de dudar. Claro que no puedo decir en qué estado quedará el mismo Spinoza, ante mis ojos, luego de la concreción de este humilde proyecto. Será un pedestal o será el polvo. ¿Tendré que abandonar el grupo?

En fin, esta vieja inquietud está íntimamente relacionada, entre otras cosas, con las definiciones que nos ofrece la Primera Parte de la Ética y las pruebas de Dios, que se encuentran en la Proposición XI de la misma parte. En otras palabras, si hay una clave secreta, para mí, está en la comprensión de tales cuestiones.

Desde un comienzo, lo que me interesa dilucidar es cuánto de nominalismo o de compromiso ontológico hay, por parte de Spinoza, con las definiciones, y particularmente, con la de Dios. Y, en el caso de que efectivamente haya un compromiso con lo definido, cómo se concilia esto con las pruebas de Dios. ¿Se tratan de pruebas de existencia o de existencia necesaria? Además, si, según el mismo Spinoza, tal existencia es, o debería ser, del orden de lo axiomático para cualquiera que piensa con claridad, cómo es que, aún así, la prueba; cómo es que existe una demostración de un axioma, sin caer en contradicción, sin caer en la disyuntiva de que o es un axioma y es indemostrable, o es demostrable, pero no es un axioma.

Para cerrar, tengo que confesar que la idea de salvarlo por el lado de la prueba de existencia necesaria me resulta muy tentadora, aunque no me termina de convencer.

Como si algo en mí se resistiera y quisiera hundirlo…

 Capítulo I

Arduas lecturas, ensayos varios y conclusiones parciales.

En un comienzo, consideraba esta cuestión como extremadamente problemática, puesto que entendía que para llegar a una aceptación y comprensión, si no plenas, al menos, buenas, del sistema spinoziano, no debían quedar cabos sueltos en el camino. Y que la parte más importante, el núcleo, de la ontología de Spinoza me resultara arbitrario o mal logrado me parecía inadmisible.

Entonces comencé a leer cada uno de los artículos sobre la cuestión que llegaban a mis manos y a discutir sobre el tema con cada una de las personas que se prestaban al diálogo.
Así fue como empecé a sopesar distintas explicaciones posibles. Por ejemplo, que uno encuentre arbitrarias las definiciones porque, a diferencia de lo que sucede con Descartes, no contamos con el ascenso y el descenso argumental, es decir, la Ética vendría a representar sólo el momento sintético (de descenso), mientras que no contamos con el momento analítico, el momento en que se nos clarificaría el porqué de definir, entre otras cosas, a Dios de la manera en que se lo define. Llegué a la conclusión, entonces, de que esto sería algo que uno mismo, como lector, debería reponer.

Pensé en dos caminos: buscar en los otros escritos del mismo autor, algunas piezas que, al menos, ayudaran a completar el panorama; o tratar, por decirlo de alguna manera, de ponerme en la piel de Spinoza y ver qué camino él había seguido con mis propios ojos. Ambas tareas fueron muy poco fructíferas. La primera, quedo inconclusa, luego de dos abrumantes lecturas del epistolario del filósofo, después de las cuales sólo conseguí un hermoso compendio de frases antispinocistas escritas por la pluma del mismo Spinoza. La segunda, me resultó un cúmulo de meras suposiciones casi sin fundamento, contando entre los textos leídos, incluso con la biografía del holandés escrita por Gebhardt.

Luego, pasé a pensar en la polémica del nominalismo versus el compromiso ontológico, y todo el tema de las definiciones genéticas. Ambas partes de la polémica me resultaron bastante poco felices, quiero decir, midiendo los pro y los contra de las dos, no pude encontrar ninguna que me cerrara del todo. Consideré, primero, que el nominalismo resultaba bueno en el siguiente sentido: siendo meras definiciones, sin ninguna consideración de existencia, las pruebas de Dios en la proposición XI, adquirían una mayor necesidad en tanto pruebas, o demostraciones, de algo. Es decir, se hacía menos contradictorio el probar la existencia de Dios. De todas formas, descarté el nominalismo, ya que seguía dejando irresolutos algunos problemas: la arbitrariedad de lo incluido como características esenciales de lo definido y la calificación de axioma que Spinoza le otorga a la necesidad de la existencia de la sustancia (Prop. VII de la Primera Parte), es decir, de Dios (por la definición de Dios), volviéndola entonces, indemostrable, pero aún así demostrándola (Prop. XI).

Me parece importante aclarar en este punto, que el tema de la "axiomatización de la existencia" me resultaba crucial, en tanto lo percibía como sumamente paradójico. Puesto que, por más que él aclare que, para quien piensa realmente de manera clara y distinta, una demostración es completamente innecesaria (y por lo tanto, se trata de un axioma, cosa que por otro lado, dice explícitamente) y que la demostración la hace sólo para aquellos que confunden todo, si realmente se trata de un axioma, entonces es absolutamente indemostrable, y no puede ni siquiera admitir algo así como "demostraciones selectivas", ya que lo esencial del carácter axiomático es el ser totalmente indemostrable. De otra forma, no podría haber progreso en el conocimiento, puesto que quedaría abierta la puerta a una regresión al infinito.

Por otro lado, en lo que respecta al compromiso ontológico, consideraba que si realmente lo había, entonces se reforzaría el conflicto que presenta el rótulo de axioma dado a Dios y su existencia. Ya que un compromiso tal implicaría (al menos, así lo comprendía en ese momento) una afirmación de existencia, haciendo que la demostración de la misma resultara innecesaria.

Por lo mismo me volqué a contemplar la posibilidad de que se trataran de pruebas de existencia necesaria. Es decir, la existencia de Dios no sería la que está en entredicho, sino, en todo caso, la necesidad de la misma. Y sería ésta la que se está demostrando en la Proposición XI.

Acá, cuando creía que estaba a punto de resolver el misterio, o mejor dicho, de encontrar esa misteriosa clave que tanto anhelaba, se me vino a la cabeza un tema importante, pero que, en medio de tantas deliberaciones, había dejado distraídamente de lado: la definición genética, es decir, una definición cuyo carácter primordial es constructivo, y no meramente cualitativo ni cuantitativo.
Dado este tipo de definición, consideré que realmente había un compromiso ontológico con todo lo definido por parte de Spinoza, puesto que, entre otras cosas, construir algo es darle a ese algo entidad, peso, realidad. Y que, por lo mismo, para Spinoza, todo estaba dicho y hecho desde un comienzo. Las demostraciones no me resultaban más que "informaciones" y su verdadera función se me asemejaba la de un escudo: pura defensa. Un laberinto analíticamente intrincado, preparado para desalentar a cualquiera que emprendiera un ataque destructivo contra la fortaleza del sistema spinocista...y para encerrar en la misma a todo aquel que, con toda atención y predisposición, se adentrara en ella. ¿Un excelente defensor de sus creencias?

Llegando al final del recorrido, noté, entonces, que la incógnita que me había movilizado en un principio permanecía incognoscible, sin embargo, ya no me resultaba tan inquietante. Seguía percibiendo las mismas contradicciones (lógicas) que antes, las mismas paradojas, pero ya había caído en la cuenta de que el trabajo que verdaderamente (me) importa no es el desglose analítico frase por frase, palabra por palabra; trabajo que sólo agota el pensamiento y desarma el verdaderamente productivo, a mi entender, trabajo filosófico. Es decir, no es que valga todo, ni que no importe la coherencia, pero se trata más bien de una coherencia práctica, de una vitalidad del pensar/hacer, de una efectividad, porqué no decirlo así, ética, política…

(Sin embargo, si alguno tiene alguna idea, que colabore en la resolución, en el rearmado del mapa del comienzo de la ontología spinocista, es más que bienvenido…La espina siempre queda.)

 Capítulo II
Antología fragmentada del devenir spinocista (o antiespinocista, ¿quién sabe?) de mi propio pensamiento (y sentimiento):

            06 de abril de 2009. Cuestión del nominalismo: “Las definiciones me suenan arbitrarias a más no poder. ¿Por qué define lo que define exactamente como lo define y no de otra manera? Pareciera que la única explicación posible es que este buen hombre ya sabe de antemano lo que quiere, aunque escriba todo un apéndice rechazando el finalismo (las famosas “causas finales”), y comienza la Ética, no sólo sabiendo cómo termina, sino también cómo quiere que termine. No le encuentro el error a tal postura, sin embargo, no me cierra, la percibo tramposa y poco transparente, poco… “ética”. Pero no encuentro contradicción. Después de todo, uno escribe para (¡qué mal suena este “para” en Spinoza!) expresar algo, una convicción. No se puede dudar de la propia convicción. Eso sí sería contradictorio. Es sólo que Spinoza quiere demostrarla geométricamente, es decir, como si se tratara de una verdad exacta, universal, irrefutable…matemática. Me suena pretencioso, me dificulta la entrada. Problema mío, supongo (o de mi época tal vez, tan reacia a los sistemas de pensamiento cerrados).”

            12 de abril de 2009. Cuestión del compromiso ontológico: “Es básico. Si ya hay un compromiso con la existencia de lo que define, ¿qué sentido tienen las demostraciones? Me sorprende. O hay algo que se me está escapando del todo, o Spinoza es un chanta. ¡Cómo puede ser tan difícil de entender! Si todo lo que plantea es tan convincente como dice, ¿cuál es la necesidad de tanta demostración? Él mismo atenta contra la claridad y evidencia que asegura que sus definiciones, axiomas y varias de sus proposiciones tienen. ¡Ah, sí, ya sé! Tiene que demostrar todo porque la gente está llena de prejuicios, supersticiones, creencias erróneas. Les falta claridad, sus mentes están llenas de ideas confusas y mutiladas. ¿Cómo puede ser que siempre me olvide del Apéndice? De todas formas, es extraño: un factor externo es el que da cuenta del funcionamiento interno del sistema. Funcionamiento que, por otro lado, diciéndose matemático, por momentos, lo es bastante poco.”

            10 de mayo de 2009. Cuestión de la definición genética: “Es una opción tentadora. No es arbitrario, es constructivo. A medida que define, construye lo definido. A cada proposición, un ladrillo más en el edificio ético. El compromiso ontológico no sería anterior, sino que estaría en el hacer ético mismo. Una “convicción activa”, por decirlo de alguna manera. Pero es raro, aún así hay algo que se me escabulle, que no llego a comprender. Si hay una génesis de la definición y, por lo tanto, de lo definido, ¿entonces antes no habría nada? ¿Y si en lugar de ser un construir, fuese más bien un desvelar? No sé.”

            19 de marzo de 2010. “Es tan difícil captar el proceso latente que hay detrás del producto (o resultado, o conclusión) ya terminado, cuando, en realidad, es el proceso lo más interesante, lo más afín al reflexionar filosófico. Sobre todo en este caso, en el que la esencia más profunda del sistema está constituida por la dinámica y la acción. El formato “geométrico”  lo vuelve todo tan estático, concluso, hermético. Casi críptico. Opaca lo más fructífero de la obra y me la vuelve inaccesible.” 

            10 de junio de 2010. En este momento, podría citar un fragmento relacionado con lo que podría llamarse “cuestión del arrebato de ira contra Spinoza”. Arrebato que no responde más que a la tensión constate entre amor y odio que me asalta cada vez que lo leo, lo discuto, lo pienso, incluso, lo vivo. Pero no hace falta, varios de los aquí presentes sabemos muy bien qué clase de groserías y vociferaciones ocasiona, sobre todo, al comienzo, la lectura del buenazo de Baruch. Hemos, o por lo menos, he degustado toda clase de palabras gruesas, con mucha “p” y muchísima” “r”; tremendas palabrotas, cuya fuente se encuentra concentradamente dispersa a lo largo, lo ancho, lo alto, lo profundo, lo tridimensional y lo geométrico de la Ética. Sobre todo, lo geométrico de la Ética.

23 de junio de 2010. Para mí, no hay muchas más vueltas, lo realmente bueno (y malo), lo efectivo (y frustrante, de vez en cuando) de Spinoza es que, en muchísimos aspectos, resulta indecidible. Es esta maravillosa cualidad filosófica la que posibilita el trabajo constructivo, tanto en el pensamiento como en la práctica, la constante apertura (por cerrado que parezca) a constantes actualizaciones y resignificaciones en muchos y más variados ámbitos que el meramente conceptual.

Y es que, tal vez, la realidad sí es spinocista. Tal vez, Spinoza tuvo la suficiente agudeza como para captar verdaderamente “de qué va la historia”.